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Canción tradicional cantada frecuentemente por toda la Maragatería y siempre presente en el repertorio de los tamboriteros maragatos. Como es habitual,existen variaciones en las letra entre pueblo y pueblo. La expuesta aquí nos la remite el tamboritero David Andres Fernandez.



Canción mística que cantaba un religioso a María Santísima apareciéndosele en figura de peregrina caminando de Roma para Santiago.
  


Camino de Santiago
con grande halago
mi Peregrina la encontré yo;
y al mirar su belleza,
con gran destreza
mi Peregrina se hizo al amor.

Fue tanta la alegria
que al alma mía
la compañía de su amor dió,
que en la oscura braña
de una montaña
mi Peregrina se me perdió.

Y mi pecho afligido,
preso y herido,
por estos montes suspiros dió,
y a los prados y flores,
de sus amores,
de esta manera los preguntó:

Quién vió una morenita,
Peregrinita, que el alma irrita
con su desdén
por ver si mis desvelos
hallan consuelos
todas sus señas daré también.

Iba la Peregrina
con su esclavina,
con su cartera y su bordón:
lleva zapata blanco,
media de seda, sombrero fino,
que es un primor.

Tiene rubio el cabello,
tan largo y bello,
que el alma en ello se me enredó,
y en su fina guedeja,
de oro madeja
su amor y el mío se aprisionó.

En su frente espaciosa
larga y hermosa,
donde Cupido guerra formó;
pero se halló vencido,
preso y herido,
mi amor y el suyo se coronó.

Sus ojos y pestañas
son dos montañas
donde dos negros hacen mansión,
y en arcos de Cupido
dos atrevidos todos disparan
flechas de amor.

Su nariz afilada,
no fué sonada,
que aunque mirada, fama cobró;
es un cañon de plata
que a todos mata
sin que ninguna sienta el dolor.

Su boca es tan pequeña
y tan risueña
naturaleza pudo formar;
que al decir punto en boca,
más que provoca,
por no agraviarla quise callar.

Su barba es el archivo
donde yo vivo
preso, rendido y muerto de amor,
es el que a ser viene
sepulcro alegre y dulce prision.

En su hermosa garganta
la mejor planta
que en los jardines sembró el amor
que la blanca azucena,
aunque con pena,
de su hermosura se avergonzó.

Lo que toca al pañuelo,
no me desvelo
para pintarla lo que no ví:
aunque su enamorado
muero abrasado
y a su sagrado no me atreví.

Para pintar su talle,
bueno es que calle,
pues mi pintura será un borrón:
yo quisiera de Apeles
tener pinceles
para pintarla con perfección.

Perdone su hermosura
si en la pintura
grosero ha estado mi fino amor:
por haberla ofendido
a sus pies rendido,
a mi Peregrino pido perdón.

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