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" Es en la fe y en los valores del hombre donde a menudo se halla nuestra herencia "

     La guerra, esa Parca de ciega guadaña que no hace distinciones en el ejercicio de su oscuro menester, pasó de largo su hogar durante los tres años que azotó ambas Españas, sobreviviendo a la misma tanto los que quedaron en Madrid como los que, a causa del destino, se hallaban en Combarros cuando el desastre comenzó. Para mi abuelo Ramón aquellos fueron tiempos de miedo y de zozobra. Toda una vida de trabajo y sacrificios estaba a punto de venirse abajo victima de una contienda que no alcanzaba a comprender, pero que era real.

     Cuando caía la noche, al acostarse, en sus clandestina oraciones daba gracias a Dios por que los suyos siguiesen vivos un día más, rogando a San Roque, patrón de su amado Combarros, para que cuidase de los que allí quedaron. A menudo, la escasez  o el retraso de las cartas que recibía de estos, a través de primos de Argentina, le encogía el corazón temiendo lo peor, y era entonces cuando recurría a la Virgen de las Candelas para que iluminara el camino de las noticias que le devolvieran la paz y la esperanza.

     En cierta ocasión en la que la demora comenzó a desesperarle, junto con sus oraciones le formuló una promesa a la Virgen. Cada dos de febrero, si le permitía volver a ver reunida a su familia sin tener que lamentar la ausencia de ninguno de sus miembros, mientras viviese no faltaría jamás a la celebración de su fiesta en Combarros, ofreciéndole la misa y la procesión en su honor como muestra de los favores recibidos.

El dos de febrero de mil novecientos cuarenta, Ramón Campanero se postró ante la Virgen de las Candelas, en Combarros, y rezó agradecido por ver cumplidos sus ruegos. No dejo de hacerlo un solo año desde entonces hasta que Dios lo llamó a su presencia. Pero tan grande había sido el favor recibido, que hizo partícipes de su devoción a sus ocho hijos, convirtiéndoles en herederos de su promesa e inculcandoles la fe en la Virgen, que siempre escucharía sus oraciones y atendería sus ruegos. De esta manera, a su muerte, estos tomaron el relevo en el cumplimiento de las ofrendas cada febrero, especialmente el pequeño, mi padre.

     Creo que nunca faltó a su promesa desde entonces. Ni la nieve, ni el frio, ni su prematura viudedad hicieron flaquear su fe. Aún recuerdo aquellos años en los que apenas éramos una docena de personas en la iglesia, sin calefacción, con las calles embarradas...

     - En la procesión no se habla. Rézale a la Virgen y dale gracias por los favores recibidos desde el año pasado, por no haber padecido enfermedades ni tú ni los tuyos y por que no haya faltado el pan en casa. Después pídele que te siga concediendo su favor y cuide de ti y de la familia. Pídele también que interceda ante el Señor por los que ya no están y por todos aquellos que sufren. Por último, pídele perdón por todas aquellas ocasiones en que te hayas hecho indigno de su bondad, porque, si tienes fe en la Virgen y eres humilde en tus peticiones, nunca te las negarás ni abandonará en los momentos dificiles.

     Aún me parece estar viéndole, con su visera de cazador, mientras me transmitía lo que un día su padre le transmitió a él.

     El dos febrero de dos mil, postrado en la cama tras ser apuñalado por la espalda por el traicionero cáncer, aún tuvo fuerzas para escribir su último artículo en El Faro Astorgano. Lamentaba su ausencia en Combarros a la vez que pedía a los amigos desplazados hasta allí que se acordasen de él en sus plagarias. Pocos días después se marchaba para siempre, pero nos dejó a sus hijos, y creo que a muchos otros, el legado de aquella promesa iniciada por su padre y continuada por él. 

     El dos de febrero de dos mil uno, sus hijos asistimos a la procesión y a la misa de Las Candelas como él nos enseñó. Desde entonces tratamos de no faltar manteniendo así viva la promesa de nuestro abuelo. Muchos otros son los que nos han ayudado con su presencia cada año, demostrando una devoción que no hace sino reforzar la nuestra. Gracias a todos por ello y recordad que, si tenéis fe en la Virgen y sois humildes en vuestras peticiones, nunca os las negará ni abandonará en los momentos difíciles. Desde Combarros, un abrazo a todos y hasta el año que viene.

                                                                       Francisco Campanero

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